En los círculos educativos es muy notorio el planteo confrontativo que se hace entre ambos conceptos, procurando evitar la competencia y exaltando la colaboración.

Teniendo en cuenta que la naturaleza se vale de la competencia para la selección de sus mejores producciones, parece un tanto arrogante por parte del ser humano (cuya existencia parece también ser en alguna medida producto de esa competencia natural), descartar sin más reflexión a la competencia como algo negativo por la existencia de un prejuicio social o por un análisis superficial de la misma.

Muchas veces se alude al “mercado” o “al capitalismo”, “el sistema”, etc. para acusar a la competencia como el gran demonio, pero aún en esos casos y sin entrar en ellos, se están señalando eventuales debilidades de esas cosas, que en alguna medida naturalmente comparto ya que parece claro que el contexto social actual propicia la ambición, la vanidad, las ansias de poder, la soberbia, etc. etc., pero lo que aspiro aquí es analizar con precisión a la competencia en sí misma, pura, desprovista de todo el contexto que pueda hacer que en general se manifieste con todas esas otras características negativas.

Considero también que en un sentido puro y preciso, la competencia no puede ser erradicada con ningún sistema social, ¿alguien se atrevería a decir que aún en un sistema comunista puro no habría competencia por el poder o rivalidades amorosas?

Para visualizar lo que quiero decir utilizaremos un ejemplo idealizado. Supongamos que un conjunto de seres humanos que han pasado por una imaginaria cirugía psicológica en donde todas las características negativas de sus psiquis fueron removidas, necesitan resolver un problema para el bien de todos los integrantes de dicho conjunto. Si el problema fuese por ejemplo de naturaleza tecnológica que afecta a la faz social de ese conjunto de individuos, podremos pensar que diez ingenieros o técnicos se ofrezcan como voluntarios a buscar la mejor solución a ese problema.

En la primera reunión, cada una de las diez personas propondrá sus ideas individuales de cómo resolver el problema. Al escucharse mutuamente, varios de ellos decidirán que alguna de las ideas de sus colegas son mejores que la propia y se avocarán a perfeccionarlas con sus ideas en lugar de sostener caprichosa y ambiciosamente la propia. Quedarán así por ejemplo dos ideas perfeccionadas sobre la “mesa”.

Paso siguiente se compararían esas dos ideas finales extensivamente, sin personalismos, egoísmo, vanidad o ninguna de las características ya removidas imaginariamente de esas mentes, sino con la leal y pura intención de determinar la mejor solución en el interés de todos. Podrán por ejemplo hacerse prototipos de esas dos soluciones finales para verlas rivalizando en funcionamiento, la superior será seleccionada no sin antes intentar agregarle los aspectos que la inferior pueda aportarle.

¿Puede alguien decir que no existe, en el ejemplo idealizado anterior, una simbiosis pacífica entre la colaboración y la competencia? ¿Cómo puede ser? ¿Qué fue lo que hicimos para que semejante “paradoja” pueda hacerse realidad? ¿Cómo puede considerarse un ejemplo en el que se potencien mutuamente la competencia y la colaboración? ¿Cuál es la “fórmula mágica”?… lo que hicimos imaginariamente fue remover los verdaderos agentes causales de las conductas desviadas (en la mente humana).

Mencionamos al principio a la educación de forma breve. Parecería, a la luz de lo expresado, que no sería lo mejor que la competencia sea siempre señalada como negativa y la colaboración exacerbada como su rival, sino que podría buscarse que cuando corresponda que alguna forma de competencia se manifieste (sin forzarlo, ella es en algún sentido inevitable de cualquier forma), lo haga de forma armoniosa con la colaboración, que se ensaye la humildad, la modestia y la generosidad de quienes sean poseedores de lo mejor en esa circunstancia, para que se ubiquen correctamente y actúen generosamente, destacando la mayor responsabilidad del que más tiene, y estimulando a que sea ejercida como corresponde.

También parece de utilidad el fomento de la humildad por parte de los que circunstancialmente les toque reconocer al que más tiene en  un área específica, de forma de poder aprender del mismo y por ende poner en marcha una constante superación inspirada por quien en algún aspecto esté un escalón más arriba.

Adicionalmente, cuando ocurriese que quien “gana” se manifiesta con algunas de las características negativas aludidas, además de la oportunidad docente de reflexionar sobre esos errores para bien de ese individuo, se podrá propiciar la seguridad y humildad en quienes “perdieron” para evitar que se sientan ofendidos o resentidos y puedan manifestarse con tolerancia y comprensión, es decir, mostrando ellos una estatura superior en esos valores que quien “ganando” en tal o cual aspecto, se manifiesta en el aspecto ético puntual, de forma inferior.

Finalmente quisiera mencionar un aspecto donde la competencia es predominantemente positiva y necesaria, donde también hacemos un gran bien cada vez que lo trasmitimos en nuestras labores educativas como padres o en otras manifestaciones docentes. Nos referimos a la propia superación, que llama siempre a una constante competencia y rivalidad leal consigo mismo. Buscando con honestidad y frente a la propia consciencia la mayor objetividad para señalarse los aspectos débiles de sí mismo, y en una heroica competencia contra las propias limitaciones, empujar el límite más allá, logrando palmo a palmo la serie de interminables victorias íntimas que más satisfacciones inefables habrá de darnos: la evolución de la propia consciencia…