Cuantas veces le habrá sucedido al lector el sentirse descontento. Es una realidad palpable que no siempre nos encontramos con la misma presencia de ánimo ni de energías internas que nos impulsen a la acción, o bien que podamos estar malhumorados o disgustados por alguna situación en particular. Pero el descontento parece ser otro estado interno, diferente a un momento de malhumor o disgusto.

Si observamos con detenimiento y atención las situaciones que promueven en nosotros el descontento,  veríamos que el motivo del descontento puede variar entre una amplísima gama, que va desde temas tan triviales como el meteorológico, (estamos descontentos en invierno porque hace frío y en verano porque nos baja la presión y transpiramos; también cuando llueve, porque nos mojamos y cuando no llueve porque se nos secan las plantas y debemos regarlas) hasta en cosas tan trascendentales para el ser como el curso que sigue la vida  y su finalidad, el objeto de nuestra existencia, el futuro, etc.

Toda esta gama de situaciones que promueven el descontento parecen tener un común denominador (o quizás dos): mientras que por un lado parece que un enemigo se va infiltrando lentamente en nuestra mente para ir tomando todas las áreas de la misma (sobretodo las que tienen que ver con la percepción que tenemos de los hechos o las cosas que suceden alrededor nuestro),  por otro lado se anulan o entorpecen seriamente los resortes de ese gran dínamo interno que se llama  voluntad,   lo cual lleva a que todos sus actos se vean seriamente afectados o comprometidos.

  • ¿Para qué voy a luchar y esforzarme si en este país nadie puede progresar?
  • ¿Qué gano con mejorar como persona si nadie lo va a notar y no puedo cambiar a los demás, que, por otra parte, son los principales causantes que yo me sienta mal?
  • ¿Por qué debo superar las deficiencias de mi carácter si al fin de cuentas, todos las tenemos y nos tenemos que soportar entre todos?
  • ¿Cuál es el motivo que me llevaría a ser mejor si igual puedo disfrutar de la vida y además al final, nos vamos a morir y se terminó todo?

¿Qué evidencian los formulamientos internos que preceden? Son éstas algunas de las preguntas internas que podemos hacernos cuando dicho enemigo (el descontento) se va haciendo fuerte en nuestra mente. Advierta el lector como se va ensombreciendo el razonamiento; todo se lo ve de un color negro (negro como los pensamientos que van dominando la mente en esas circunstancias) y obsérvese cómo todos los cuestionamientos que se detallaron tienen un común denominador: paralizar la voluntad inhibiendo los mejores y más nobles esfuerzos por llegar a ser algo mejor de lo que se es.

Otro aspecto que observamos contribuye al enquistamiento de este estado precario llamado descontento, es el predominio en nuestra mente del pensamiento de comodidad, ya que toda situación a la que debemos enfrentarnos (generalmente adversa o de difícil solución), requiere de nosotros para comenzar a solucionarla, una serie de movimientos, primeramente mentales y luego hasta físicos, los cuales son anulados desde el comienzo por esa misma comodidad. Vemos entonces surgir claramente la justificación disfrazada de descontento.  Asimismo podemos identificar la queja, como una manifestación externa de ese descontento, que solo conduce a hacer más desdichada nuestra vida.

Ante estas dificultades y problemas que nos suceden en el curso de la vida, surge muchas veces como primer reacción, el descontento o el desconformismo. En esos momentos, no somos conscientes que en la inmensa mayoría de tales circunstancias, dichas dificultades y problemas fueron ocasionados por nuestros propios errores pasados y que, como tales, son una oportunidad para corregir dichas situaciones y poder aprender y avanzar en nuestro camino de superación.

Algo que debemos tener en cuenta para evitar caer en ese estado tan pernicioso es el estar muy atentos cuando debemos frecuentar ambientes propicios a la manifestación de estos elementos que paralizan la voluntad y promueven el descontento. ¡Cómo cambian esos ambientes cuando proyectamos sobre los mismos pensamientos de alegría, de gratitud, de bien, que promueven en quienes allí se encuentran reflexiones sobre lo afortunado que es el hombre, que fue dotado de tantos y tan valiosos elementos para forjar su felicidad y la de los seres que lo rodean!

De todo lo expuesto se desprende que para ir extirpando (si es que existe en nosotros) ese mal tan nocivo para nuestra salud física, mental y espiritual, contamos con valiosas herramientas que la sabiduría logosófica ha descubierto para luchar contra ese enemigo tan implacable, a saber: cultivo consciente de la gratitud (aún en las cosas más pequeñas), el valorar y utilizar los enormes recursos con que el Creador ha dotado al ser humano para promover su felicidad y la de los que lo rodean, promover el recuerdo de los momentos de verdadera alegría (los que vendrán en auxilio de nuestras  reservas internas para  afrontar los momentos difíciles), y en definitiva, buscando cultivar en nosotros todo aquello que no sea perentorio, ya que trabajando para lo permanente, podremos siempre recoger los estímulos necesarios para contrarrestar cualquier infiltración del descontento en nuestra mente. Lo transitorio, genera siempre estímulos también pasajeros, por lo que el poder de los mismos sobre la voluntad es efímero y sus alcances muy limitados.

A modo de corolario, transcribimos una enseñanza del creador de la ciencia logosófica, Carlos B. González Pecotche, que pensamos resume muchos de los aspectos tratados en el presente artículo:

“Esencial es afirmar en la conciencia la convicción plena de que los problemas, las preocupaciones y las horas amargas de la vida, por largas que parezcan, habrán de pasar, en tanto que el ser sobrevivirá toda eventualidad. He aquí la mejor forma de fortalecer el espíritu frente a la adversidad, por obstinada que se manifieste su crueldad, y he ahí, también, una conclusión feliz a la que sin dificultad puede arribarse. Todo pasará, mas la vida del hombre quedará y se irá extendiendo hasta el fin de sus días. ¿Por qué, entonces, pretender que todo se acabe con un fracaso o un revés, por fuertes que éstos sean? Los fracasos son heridas que es necesario curar para que no se infecte el ánimo y ponga en peligro la vida. Curada la herida, quedará la cicatriz, pero ésta no afectará en nada la existencia.”

¿Podemos estar descontentos?
Pensamos que ganaremos muchísimo no estándolo.