Resulta siempre de interés, a los efectos de analizar la estructura e influencia de los pensamientos reinantes en la propia mente, observarse y observar a otros actuar en numerosas circunstancias para obtener de allí, elementos que ayuden a discriminar los agentes causales de nuestras conductas. De las infinidades de circunstancias que podrían señalarse, atenderemos brevemente la que concierne al relacionamiento con los niños.

La niñez es, al igual que todas las demás etapas de vida por las que transita un ser, una condición circunstancial de ese individuo humano, que no lo hace ni más ni menos humano que a cualquier otro individuo, de hecho esa particular etapa es reconocida socialmente como de mucha relevancia en la vida humana.

Sin embargo, a juzgar por el trato bastante generalizado que los adultos damos a los mismos, parecería que algo tan obvio como lo planteado anteriormente no es tenido en cuenta en los hechos.

Así, frente a un niño o un bebé, muchos adultos proceden, con cierta actitud de imposición frente al niño y con una confianza que no corresponde, a tocarles la cabeza, los cachetes, los pies, las manitos, darles besos, abrazarlos, auparlos, hacerles preguntas indiscretas o inapropiadas, presionándolos además por una respuesta cuando éstos se retraen, todo esto muchas veces sin tener trato relevante con ese ser. Y lo que es más interesante, sus padres, cuando se encuentran en presencia de todas esas conductas en las que su propio niño o bebé demuestra de innumerables formas su disconformidad, muchas veces procurando refugiarse bajo el ala protectora de un progenitor, en lugar de ofrecerla y cortésmente amparar al niño de esas circunstancias que lo incomodan, y aún a pesar de la ocasional molestia que esos mismos padres perciben por inducción sensible en sí mismos como réplica de lo que siente su hijo, hacen primar la artificial vergüenza por la conducta absolutamente natural de su niño o bebé, y se suman muchas veces al desconocido a presionar al niño a que se preste a esa especie de hostigamiento físico y psicológico (así seguramente lo percibe el niño de acuerdo a lo que muchos de nosotros podemos recordar de nuestra niñez), dejándolo desprotegido e implícitamente traicionando la seguridad que el niño tiene en el amparo paternal.

¿Consideraríamos apropiado que un desconocido adulto nos toque manos, pies y mejillas? ¿Que nos de besos que no queremos recibir? Evidentemente no, ¿por qué entonces sería apropiado que todas estas cosas sean aceptadas como conducta corriente para con un ser humano que es niño o bebé? De hecho, un adulto tiene innumerables formas corteses de defenderse de una conducta inapropiada de esa naturaleza, propiciada por una confianza desubicada de otro adulto, pero un niño no, mucho menos si la máxima expresión de la autoridad que conocen hasta el momento que son sus padres, consienten al desconocido o semi-conocido y hasta ridiculizan al niño por no prestarse pasivamente a dichos tratos, por lo que en realidad, podría considerarse aún más abusiva dicha conducta realizada hacia un niño que hacia otro adulto.

De modo que en este caso, como en muchísimos otros, en los que el niño muestra una tendencia natural a retraerse propiciada muchas veces por alguna defensa sensible innata, muchos padres y seres proceden, siguiendo un convencionalismo social artificial y sin ningún fundamento, a debilitarla. Esto sucede similarmente con defensas mentales que el niño manifiesta a veces de nacimiento, o adquiridas en otros contextos, por ejemplo frente a alguna mentira o idea ilusoria que sus padres sin mala intención le han infundido, cuando vislumbrando la realidad con sus tiernas mentes, son confundidos por sus progenitores o familiares para sostener dicha irrealidad, nuevamente, debilitando al ser que naturalmente buscaba en sus aún escasos recursos mentales y sensibles, defenderse de dicha mentira, que lo es a pesar de que pueda ser considerada bien intencionada para los padres. El pudor, que cualquiera que haya sido padre podrá verificar en los primeros años de vida de su hijo que es natural y hereditario, es otro ejemplo de una manifestación sensible contra la cual los convencionalismos sociales atentan y proceden a debilitar, desde la más tierna niñez hasta aún en la adultes con todo tipo de convencionalismo social que parecen diseñados para reducir la defensa natural que el pudor representa.

Lo paradójico de esto es que, mientras inconscientemente se desarticulan defensas naturales del niño, se fracasa en aplacar tendencias negativas que también pueden ser hereditarias, por ejemplo cuando el niño tiende a ser pretencioso, caprichoso, celoso, excesivamente imaginativo o destructivo. Y es así que vemos a los pensamientos negativos de muchos niños y adolescentes dirigiendo no solo sus mentes sino sometiendo en muchas instancias las de sus padres, ya sea en la caja de un supermercado, en una heladería, en un “shopping”, en la planificación del decimoquinto aniversario de una joven, en el viaje de fin de años de un colegio, etc. etc. Es decir, que debido a la falta de análisis y conocimientos que orienten en este sentido, es bastante generalizada la tendencia a debilitar las defensas mentales y sensibles innatas y naturales de carácter evidentemente positivo de un ser, al mismo tiempo que se fortalecen las tendencias negativas que ellos puedan presentar. Es curioso que frente a este cuadro de la realidad que muestra enormes carencias docentes en los integrantes de la sociedad escuchemos luego a algunos actores sociales como políticos, sociólogos y psicólogos, concluir que los problemas de la sociedad son esencialmente de causales económicas o sexuales.

Se presenta así, la enseñanza logosófica, como una clara guía que orienta al ser humano en todas las fases de su vida, encauzándolo a la evolución consciente y a la colaboración con los semejantes en la búsqueda de los agentes causales de sus aciertos y sus errores, no ya fuera de sí, sino en su propia mente. En la perfección de ese arte de auto-gestionar la vida y convertirse en artista escultor de la propia psicología, surgen gradualmente las aristas del docente moralmente habilitado para ejercer esa alta función de forma edificante y consistente, para bien de sí mismo y de quienes le rodean.