Siempre me pareció curioso el uso corriente de dicha frase. Pareciera que descontando algunas excepciones, todas las personas pueden quedar bajo dicha categoría. Lo hacen las personas de bien, las personas que no le hacen mal a nadie, lo hacen los tontos e ingenuos, y también lo hacen, curiosamente, las personas que aún pudiendo hacer algún mal a los demás (directa o indirectamente),  sus intenciones no son, o no aparentan ser, contundentemente negativas. Es decir, que a menos que se sea un personaje perverso digno de las páginas más oscuras de la historia, todo el resto podrían considerarse “buenos tipos”.

Desde hace milenios ser bueno implicó, de acuerdo al estándar cultural, nada más que evitar hacer cosas que estuvieran evidentemente mal. Tenemos así en los mandamientos bíblicos, las reglas del “no harás”, incluso sugiriendo la débil y e ingenua posición de “poner la otra mejilla” ante el agravio o mala intención de alguien, recomendación que por cierto, también explica el entendido corriente de que ser bueno implica ser débil o tonto. A esta ingenua y débil concepción del bien se le sumó a su vez “la viveza criolla”, que popularizó pensamientos como: “para qué te vas a complicar la vida, no te metas”, “hay que estar bien con Dios y con el diablo”, o inclusive “si no lo hago yo lo va a hacer otro”. Y si ser bueno ya no fuese una concepción suficientemente degradada, se agregó a todo esto fuertes corrientes mentales  que tienden a producir la igualación hacia abajo de los seres. No nos referimos a lo económico en particular, sino lo que es peor, a lo moral. Merecería también una mención la aplicación más generalizada que observamos del psicoanálisis, que ha sustentado en forma genérica que la pugna para que el “yo” supuestamente equilibre al “ello” y al “super yo”, termine justificando las conductas más superficiales, livianas e irresponsables. No nos debiera entonces extrañar, lo “barato” y accesible que resulta ser “buen tipo” en estos tiempos para prácticamente todos los seres.

Esto me hace recordar una anécdota interesante, en la que se indicaba que el conductor de un camión detuvo la marcha para no matar una culebra que en ese momento atravesaba la ruta por considerarla un animal de utilidad. El acompañante del conductor al ver esa situación, realiza unos comentarios sobre el respeto que inspiran los que hacen el bien (la culebra es un animal muy respetado en el campo por razones múltiples). Señala a su vez que para los delincuentes son construidas las cárceles, y finalmente indica la existencia de una gran cantidad de seres que no hacen ni bien ni mal; el conductor del coche que seguía atento el comentario se apresuró a interrumpir diciendo: “¡esos son como las lagartijas!” que pasan inadvertidas por ser inútiles a cualquier causa.

Tal vez tengamos que empezar a diferenciar, cada vez que escuchamos la expresión “es un buen tipo”, si verdaderamente se trata de una persona de bien, un malintencionado, o si sencillamente se trata de “una lagartija”…