Una aspiración compartida

Es en los últimos tiempos que en los diferentes ámbitos educativos ha ido arraigándose el concepto de educar en valores
Es que la sociedad actual reclama de manera urgente la consolidación de generaciones nuevas, capacitadas para enfrentar un mundo que, por cierto, está resultando cada vez más conflictivo.

Desde el gran deterioro de los vínculos de afecto, hasta los diferentes flagelos sociales que en forma permanente acechan a nuestros niños y jóvenes, deben éstos, a veces, sobrevivir en medio de una realidad que les resulta por demás adversa.

Carentes en general, de referentes claros, se encuentran ante la disyuntiva de definir sus propios caminos. Pero no se da esta situación como resultado de la gradual maduración que naturalmente va teniendo un ser humano en su proceso de crecimiento.

Observando algunas realidades, tenemos la sensación de estar ante seres que son “arrojados” a la vida de manera prematura, sin haber sido provistos de los recursos necesarios para enfrentarla con acierto, aplomo y responsabilidad.

No podemos dejar de recordar las palabras de González Pecotche, quien en su libro Introducción al Conocimiento Logosófico, pág. 218, expresa:

Los pichones que se lanzan a volar dejando el nido antes de tener las alas emplumadas, corren el peligro de caer y golpearse la cabeza. Podría objetarse que, si no hicieran ese ensayo, no aprenderían a volar; pero lo cierto es que el ensayo prematuro suele costarles la rotura de un ala, de las patas, de la cabeza, etc. Muy diferente resulta cuando las aves- padres los conducen, primero, de ramita en ramita, luego, de rama en rama, prolongando más y más las distancias a medida que los pichones, lejos de debilitarse, cobran fuerza, pues un día, con la arrogancia propia de los pájaros que han cumplido el proceso de su desarrollo, lograrán efectuar ya magníficos vuelos, sin peligro de caer rendidos por el cansancio u otras causas.

¡Cuántas veces hemos visto en nuestro camino de educadores a esos pichones que, sin plumas en las alas, deben emprender el vuelo, transitando por realidades que, ni su incipiente reflexión, ni su tierna sensibilidad alcanzan a comprender.

¿Es que tal vez falte el natural amparo que surge del consejo y la experiencia de los padres? ¿Qué está pasando con el mundo de los adultos? ¿Hemos encontrado nosotros el rumbo que marque caminos, que sea referente para las nuevas generaciones?

En medio de esta confusión, no dudamos en pensar que la educación de los más pequeños es la “gran esperanza” que puede tener la humanidad, buscando a través de ella la formación de individuos que puedan crecer fieles a principios de rectitud, de justicia, de responsabilidad y sobre todo de sensatez, para que luego, partiendo de la propia formación, puedan brindarse a la sociedad, como ciudadanos inteligentemente útiles.

Nacimiento de un concepto

Es por ello que, a nosotros, como padres y educadores el concepto, “educar para la vida”, nos despierta gran entusiasmo.

El concepto “Educar para la vida” nació  como experiencia piloto en el año 1962 en la Escuela Primaria Logosófica “11 de Agosto” en la ciudad de Montevideo, y es hoy un principio que va arraigando en la mente y el corazón de muchos docentes.

En este punto del desarrollo del tema, nos parece oportuna una aclaración. ¿Por qué nos referimos fundamentalmente al niño? ¿Es que en otras etapas de la vida, como la adolescencia, la juventud o la edad adulta no es necesario trabajar para la adquisición de calidades? Categóricamente decimos que sí. Toda edad es oportuna para esta labor.

Pero la experiencia nos indica que cuanto más tierna es la plantita, más fácil es proporcionar un tutor para mantenerla erguida. Si esto se logra en los primeros  años de vida, sabemos que, con las alternativas lógicas de las diferentes edades, lo adquirido en la niñez, lo realmente incorporado, se proyecta usualmente en las edades futuras. Por ello es fundamental aprovechar al máximo el tiempo de la niñez, trabajando sobre la psicología del pequeño, ayudándolo a cultivar sus capacidades intelectuales y sensibles, las que, estando en estado de latencia necesitan de los estímulos adecuados para desarrollarse.

Ahora bien; este concepto marca un rumbo diferente en la tarea educativa. Ya no se trata solamente de preocuparnos por los contenidos programáticos que definen la labor en las aulas.

La misión del centro educativo, trasciende la mera transmisión de conocimientos. Debe transformarse en un laboratorio donde el niño pueda adquirir, fundamentalmente herramientas para transitar por la vida con acierto y felicidad.

Herramientas que lo habiliten a ser un buen observador, un ser reflexivo, capaz de pensar por sí mismo; en definitiva un ser humano que adquiera la capacidad de tomar las riendas de su vida y definir el rumbo que debe darle a la misma.

Pensamos que hasta aquí, todos los que de una manera u otra tenemos algo que ver con la educación, coincidiremos en nuestros puntos de vista. ¿Quién no quiere formar seres responsables, disciplinados, estudiosos, reflexivos, generosos,  bondadosos, alegres, etc,etc. La lista puede ser interminable.

Cómo lograrlo

Pero llegamos al punto medular. No se trata solamente de elaborar una larga lista de virtudes para incorporar en la vida del niño. Ello es fácil de enunciar. Lo difícil es definir cómo lograrlo, y como tener la seguridad que se está ante realidades verdaderamente incorporadas a la vida. No se trata por cierto de lograr conductas que el niño ponga de manifiesto cuando está delante nuestro. Deben ser conceptos de tal arraigo, que tenga la capacidad de aplicarlos en todo momento, garantizando con ello que esos mismos conceptos sobrevivirán a las duras pruebas a las que estarán sometidos en edades futuras y podrá vivir de acuerdo a ellos, aun cuando no estén bajo la mirada observadora del adulto.

No se trata tampoco de elaborar largos discursos sobre formas apropiadas de conducirnos.

La experiencia nos indica que es imprescindible crear un puente de afecto entre el niño y el adulto, que permita mantener un diálogo fluido y abierto. Y es necesario también, acompañar las diferentes alternativas por las que va pasando, corrigiendo con afecto, orientando con la palabra justa, para lograr que el niño “viva” la realidad de una buena actuación y no lo mantenga solo en el campo de la teoría.

Es así entonces que el pequeño comienza a comprobar la realidad de la existencia de un mundo dentro de sí mismo. A partir de las situaciones cotidianas, de las vivencias de todos los días, comienza a experimentar la realidad de la fuerza de los pensamientos que tantas veces gobiernan su vida, así como la existencia de una realidad mental y sensible, lugar donde se gestan todos los acontecimientos de su propia vida.

Conocerse a sí mismo

Ahora bien; pensamos que esta forma de concebir el trabajo educativo, requiere del educador una actitud diferente. No se trata solamente de acompañar los procesos de aprendizaje, en lo que a los contenidos programáticos se refiere.

¿Cómo seguir de cerca las alternativas de su crecimiento psicológico?.  ¿Será acaso necesario que el propio docente realice dentro de sí mismo ese trabajo de aproximación a su realidad interna? Enseñar a transitar por un camino que es para nosotros conocido resulta mucho más sencillo.

Pensamos entonces que cuando en forma paralela, educando y educador van realizando un proceso de aprendizaje en el difícil arte de conocerse a sí mismo podemos hablar verdaderamente de “Educar para la vida”.

El educador, conociendo el camino, siendo ejemplo, no de perfección pero sí de esfuerzo en perfeccionarse; el educando, dando sus primeros pasos en la vida, corrigiendo y encauzando cuando la psicología es tierna y el esfuerzo que requiere formarla es mucho menor.

Es así que el niño va experimentando la alegría de superar su propia actuación, y es responsabilidad del docente propiciar ese ambiente natural y sano, que facilite la adquisición de valores, adquisición que se realizará no por imposición, ni por temor, sino por comprensión. Éste es un aspecto fundamental.

Cuando atemorizamos al niño, paralizamos su mente, logrando que nos obedezca solo por temor a la sanción del adulto.

En cambio, cuando trabajamos sobre la reflexión, sobre la capacidad de pensar, el niño comprende el por qué de cada una de sus actuaciones, aprende a valorar los buenos resultados que obtiene cuando ajusta su conducta a esos conceptos, consolidando así una verdadera convicción, que podrá ser puesta a prueba en cualquier momento, y será tenida en cuenta en la actuación siempre, independientemente de quien lo está mirando.

Si proyectamos esto en las edades futuras, cuando por consecuencia lógica de su crecimiento irá adquiriendo mayores grados de libertad, y ya no estará tan cerca de nuestra mirada, valoramos la importancia de enseñarle a auto-regular su propia conducta. Y mientras se va cumpliendo ese proceso de aprendizaje, es fundamental la presencia del adulto, padre o docente que deberá estar allí una y mil veces corrigiendo, orientando, ayudando y poniendo límites claros, lógicos, naturales, aquellos que conducen a un acatamiento inteligente, y que mediante explicaciones claras y sencillas, penetran en la mente del niño.

Necesarios caminos paralelos

Pensamos entonces que, ahora sí, cuando educando y educador emprenden un camino paralelo de superación y de vinculación con la realidad interna, esa  “educación para la vida” deja de ser un objetivo inalcanzable para convertirse en realidad.

Porque de esa manera, el educador estará esforzándose en incorporar a su vida aquello que luego tendrá que brindar a sus educandos. Pero, ¿dónde aprender a ser padres?, o acaso, en las aulas donde nos formamos como docentes, ¿nos enseñaron a conocer nuestra realidad interna?

Parecería que además de lo que aprendemos para nuestro desempeño profesional, necesitamos conectarnos con alguna línea de conocimientos, que podríamos llamar conocimientos “auxiliares”. Éstos serían los encargados de conectarnos a esa realidad interna, lugar donde se gestan y regulan todos los aconteceres de nuestra vida. En esa línea de conocimientos se enmarca la Logosofía, ciencia que nos permite enfocar la educación desde un ángulo diferente, original y verdaderamente formador.

Invitación a reflexionar juntos

Finalmente, debemos reconocer que abordar temas relacionados con la educación, significa abrir un abanico de realidades, inquietudes, interrogantes, algunos difíciles de responder, imposible de concretar en pocas líneas. Por ello dejamos aquí abierta una puerta para seguir reflexionando juntos en próximos artículos, sobre algunos aspectos que solamente hemos mencionado al pasar, pero que merecen capítulos especiales en la tarea de educar:

  • ¿Qué significa desarrollar las potencialidades mentales y sensibles del niño?
  • ¿En qué medida la cultura vigente, a través de los estímulos que brinda favorece u obstaculiza su desenvolvimiento?
  • ¿Cómo confirmar si el niño está verdaderamente incorporando valores a su vida?
  • ¿Qué temores nos provoca la palabra “límite”? ¿Son necesarios?
  • ¿Cómo ganarnos la confianza de nuestros hijos o alumnos?
  • ¿Cómo encontrar el tiempo para nuestros hijos, cuando nos sentimos tan presionados por las diferentes actividades que debemos cumplir a lo largo del día?

Sobre éstas y otras inquietudes, que pueden hacernos llegar a nuestro correo electrónico, podremos seguir reflexionando en próximos espacios.